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lunes, 20 de noviembre de 2017

Muñeca de trapo

El techo se alzaba sobre mí. Alto, imponente y aun así, sumido en sombras, las luces colgaban de cadenas, moviéndose al ritmo de la ventilación. Es estúpido que un supermercado tenga techos tan altos. Me apoyé sobre el carro de compras mientras veía la fila alargarse hasta las cajas. Suspiré y le eché un vistazo a mi hermana. La pequeña pendeja ruidosa cleptomaniaca estaba revoloteando entre la gente, sacando pequeñas cosas de los carros de la gente que hacía fila para tirarlas sobre el nuestro. Sacaría todas esas chucherías del carro antes de que fuera mi turno.
- ¡Ignacia ya para! – gruñí, molesto. – Se supone que te comportes como la mayor.
Ella no me escuchó y siguió en lo suyo. Me di la vuelta y casi era mi turno, así que empecé a descargar mis cosas sobre la cinta transportadora del mesón. Al terminar alcé la mirada y me encontré con la suya.
No lo admitiría, pero ella era la razón por las que hacía las compras a estas horas de la noche.
La cajera me miraba con una sonrisa que me hacía sentir cálida, no pude evitar sonreír como estúpido de vuelta, soltando una risa nerviosa. Era pequeña, trenzas de rojo oscuro enmarcaban sus hombros estrechos mientras pasaba los productos por el lector y ojos miel fijos en su tarea.
Por un segundo, se detuvo, examinando un paquete de tallarines.
- ¿Compra del mes, no? – me preguntó sonriendo de nuevo.
Algo dentro de mí gritó en desesperación, intentando contenerme de decir algo estúpido a continuación.
- Sí, sí… - mascullé, riéndome nerviosamente. - ¿Mucha gente hoy?
Ella alzó la mirada y soltó un suspiro.
- Sí, es la quincena, pero no tanta gente como la última vez que te vi.
Enmudecí un segundo mientras sentía mis mejillas calentarse.
- Vienes seguido, ¿vives cerca o las ofertas te atraen?
Reí nerviosamente, jugueteando con las basuras y amuletos en los bolsillos de mi chaqueta.
- Vivo al otro lado de la ciudad, pero los descuentos son… - dije, perdiéndome un segundo en el movimiento de sus manos – irresistibles…  ¡Y me queda cerca del trabajo! – añadí, apresurado para no parecer tan desesperada.
Ella, de nuevo, solo sonrió y volvió la mirada hacia mí.
- ¿Débito o crédito?
- Efectivo – dije, mientras buscaba entre mi alforja por la billetera.
Huesos, piedras, ramas, cuarzo, papeles y carbón, todo lo que necesito menos la billetera. Toqué rápidamente los bolsillos de mis pantalones, mis manos temblando ante las miradas desaprobatorias de la gente detrás de mí. Apúrate.
Saqué mi mochila del carro de compras y dios, qué estaba pesada. Mi pecho se apretó con la ansiedad de presumir qué había adentro. Lentamente, y moviéndome para que la gente de atrás ni la cajera vieran los contenidos de mi mochila, la abrí y metí la mano para seguir buscando la billetera. Toqué paquetes de galletas, cuchillos, tazas y todas las cosas que mi hermana metió de contrabando. Pero era muy tarde para sacarlas y pretender que había olvidado ponerlas con las demás cosas.
Por eso me había dejado ahí.
Cerré mi mochila con cuidado y palpé mi pecho para sacar la billetera del bolsillo interior de la chaqueta.
Le pasé el billete más grande que tenía y al recibirlo, sus manos se demoraron un poco, tan solo un poco más en retirarse.
-  Tranquila – susurró.
Esperé por el vuelto y de nuevo, sus manos envolvieron las mías al darme los billetes y monedas. Sus dedos rozaron el azufre y la sal tatuados en mis nudillos.
Un escalofrío me recorrió, no podía apartar la mirada de sus ojos.
- Mi nombre es Camelia – susurró, con esos grandes ojos café. - ¡Qué tengas un buen día! – añadió más alto, volviendo a un tono profesional ausente en toda la conversación.
Y volvió la mirada al siguiente cliente en fila.
Es de noche, recordé, mientras le pasaba unas monedas al chico del empaque y metía mis bolsas dentro de mi carrito de mano.
Al traspasar las puertas automáticas del supermercado fui cegada un segundo por las luces de un coche doblar en la esquina, enviándome a otro mundo tan solo por un segundo. Al volver sacudí la cabeza y Muriel estaba a mi lado.
- Tu hermana me dijo que te esperara acá. – me informó con su voz tan inexpresiva como siempre.
Suspiré, esa vieja bruja siempre desaparece cuando le conviene.
- Es mejor si no vuelves solo. –siguió y emprendió la marcha.
La ciudad… es la ciudad, no tengo otro modo de describirla. Serpentea y gira en torno a los cerros sobre los que se asienta. Respira al ritmo de los pies sobre su cemento, sobre sus adoquines. Su lógica vertical nos condiciona en nuestro movimiento.
Mientras caminamos, las calles giran, subimos y bajamos hasta que nuestros pies están arriba y el carro cuelga de mis manos. Las calles paralelas a los acantilados en esta ciudad nos recorren como médula espinal, los pies de nuestras criaturas sujetos a ellas por una magia tan antigua que ni siquiera yo comprendo.
Muriel, a mi lado, camina tan solo un paso más atrás. Él es una alta figura inamovible, una complexión dura y pesada en contraste a la amabilidad de su mirada, en esos lánguidos ojos verdes, escondidos por la capucha. No habla, casi nunca habla cuando estamos juntos, cuando está con otra gente, pero su expresión está en las paredes de la ciudad.  Él es el dueño, el autor del arte que nos rodea, sus figuras y colores, sus mensajes encriptados están en cada mural, en cada casa abandonada.  Me detengo un momento, mirando al otro lado de la calle, Muriel también, pero sus ojos están perdidos en busca de un nuevo lienzo.
- El metro está cerrado.  – declaré, mi voz denunciando mi decepción.
- Por eso te acompaño a tu casa. – me recordó Muriel.
- Gracias, hermano. – le dije, mientras apretaba su hombro con la mano libre.
- A tu hermano no le gustaría que me llamaras así – dijo, volviendo a caminar, pasando el cartel del metro y hacia los semáforos.
- Mis hermanos están locos, Muriel. – comenté, retomando la marcha tras él.
Y caminamos, creo, durante toda la noche. No bromeaba cuando dije que vivo al otro lado de la ciudad, más allá, incluso.
Amanecía cuando llegamos a la quebrada. Suspiré al ver la escalera frente a mi, vertical e imponente. Subirla con el carro iba a ser complicado, pero veía el camino fácilmente, ahí, entre las salientes entre los escalones, cada uno más alto que Muriel y yo juntos, él había pintado en espirales morados los lugares en los que era más fácil apoyarse para escalar.
Entonces sentí un cosquilleo detrás de mí, una presencia efímera e inquietante, un roce suave justo por sobre la correa de la mochila en el hombro. Me giré y esos ojos cafés me desconcertaron.
Ella sonrió antes que pudiera reaccionar.
- Hola.
- Camelia… - susurré y ella se me adelantó, con un paso juguetón.
- Así que vives por aquí… - me dijo, mirando la escalera en frente de nosotros. – No te preocupes, yo también vivo por acá, pero no caminé toda la noche, ¿no?
Soplé aire por la nariz incómodamente antes de sonreírle como estúpida.
- Haha, sí… Vine caminando con mi amigo, Muriel.
Él solo le dedicó una mirada y una leve reverencia con la cabeza, ella hizo lo mismo.
- Creo que vamos en la misma dirección. – dijo y trotó hacia la escalera.
Había algo en la forma en la que se movía que me hacía sentir que algo no estaba bien, que ella había aparecido aquí a propósito. De todas formas, no podía evitar querer seguirla.
Sin poder sacarme la sonrisa de la cara, empecé a escalar las escaleras a su lado.
Cada peldaño es un mural pintado por mi amigo, colores brillantes que se pueden ver incluso en la noche. Son las confesiones y el retrato histórico de los recuerdos y sensaciones de Muriel en esta escalera. Él nunca pinta algo fuera del lugar en que lo sintió.
La subida nos tomó media hora, al menos, era difícil escalar con una sola mano, mientras sostenía el carrito. Y estando distraído por ella. Camelia hablaba, hablaba de todo y nada, palabras vacías de significado como una canción de la que solo puedo entender la melodía, escalaba absorta en ella. Sé que ella sabía en el estado en el que estaba y lo disfrutaba.
Me detuve un momento, no podía seguir escalando el último peldaño hasta la cima, no sentía el brazo que sujetaba el carrito.
 - Muriel, hermano, tú eh… tienes más fuerza que… ¿todos? ¿Podrías subir tú el carrito hasta arriba?
- Sí, dale.
Él me miró y puso su mano en mi zona lumbar, dándome el impulso que necesitaba para llegar a la cima junto al carro.
- Gracias, Muriel… - dije, mientras me sentaba contra una roca.
Aquí en la cima, el cielo empezaba. Estas son, sin duda, las ruinas del anfiteatro que coronó este cerro hace décadas, en la pendiente está mi casa, pero aquí… Aquí vivo realmente.
Muriel se sentó mi lado y sacó pan de lembas del bolsillo de su hoodie, ofreciéndome una parte.
- ¿Desayuno? – le pregunté a Camelia  y ella me miró…
Confusa. Sí, me miró confusa. Ella sabía que yo era consciente de su juego y aún así… Yo le ofrecía desayuno, eso la desconcertaba.
Y después me sonrió, con una sonrisa hermosa en esos labios pintados de cereza, pero era una sonrisa distinta, más genuina, ahora no estaba intentando manipularme. Y yo era feliz por eso.
Camelia se recostó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi hombro soltó un suspiro que me encogió el estómago de ansiedad por quererla cerca.
Comimos viendo el horizonte, más allá de la difusa división entre el cielo y el mar, aquí donde el aire delgado, vacío de la montaña nos dejaba sin aliento. Donde las oposiciones eran absurdas y el abajo no significaba más que la altura. Aquí perdimos la mirada.
Camelia era una criatura singular a la que tenía que entender antes que me llevara a mi muerte, incluso si voy feliz a ella.
Tomó mi mano y con la suya, lentamente conectó los símbolos tatuados en la mía con los dedos. Su índice sobre mi primer nudillo, el medio sobre el símbolo en el dorso; hacia la izquierda, el corazón y su meñique sobre el espacio entre mí meñique y corazón. Levanto la mirada y atrapó mis ojos, mi atención, mi realidad. Tomó mi otra mano y repitió el procedimiento con los símbolos de otro sistema de creencias tatuados en mi piel.
Estaba trazando un mensaje, un mensaje claro y fuerte, que yo entendía muy bien, sin embargo, en las notas silenciosas de su toque.
Había encontrado mi alma gemela.
Y en sus ojos, veía peligro.
Se acercó más, atontándome con la calidez de su cuerpo y aliento en mi cuello.
Y susurró algo que no entendí. Era ruido de otro mundo, incitándome en un tono burlesco y coqueto.
Susurró la última palabra contra mi piel y salió corriendo, con mi mochila.
De inmediato entré en pánico: mi mochila tenía las cosas que había robado a causa de mi hermana y no podía dejar que ella las viera. Pero detuve esa línea de pensamiento mientras veía la pequeña figura de Camelia correr entre las ruinas del anfiteatro reclamadas por la vegetación desértica. No podía perder solo mi mochila, no podía perderla a ella.
Salí corriendo sin pensarlo un momento más.
Cada pedazo de ruina marcaba la ruta que sus espacios demarcaban y gracias a los grafitis de Muriel, conocía perfectamente el trazo hasta el lugar al que sus pies la llevaban. En menos de un minuto estaba sobre ella, quitándole la mochila que tiré lejos, para que no estorbada entre nosotros. La inmovilicé contra el suelo, sujetándole las muñecas, para obligarla a mirarme. Necesitaba saber qué hay detrás de esos ojos, detrás de esa sonrisa que me vuelve loca.
Sostuvo mi mirada mientras pasaba las piernas lentamente entre las mías. Antes que hiciera algo de lo que me arrepintiera la solté y me paré, ofreciéndole una mano para ayudarla.
Ella la tomó y me empujó contra ella. Caí de cara contra sus senos y empezó a reírse histéricamente, abrazándome con todo su cuerpo, sosteniéndome cerca. Sus manos se colaron entre mi ropa y sus piernas se enroscaron sobre mí.
Sin duda me quería inmovilizar.
Pero no me molestaba.
No me quería mover.
Trazó mi espalda con sus dedos hasta mi cuello, forzándome a desenterrar la cara de su pecho. Me quedó mirando con esos ojos, oh, esos ojos y pasé mis brazos por su espalda, levantándola contra mí. Así, entre mis brazos no se sentía más que como una muñeca, delicada, suave y… vacía en una forma que no podía entender.
Camelia soltó una risilla y me apretó más contra su cuerpo. La besé lentamente y ella me respondió con intensidad que mostró con todo su cuerpo.
Me alejó para enterrarse en mi cuello, lamiendo mi piel.
- Mañana, a las 11, la dirección está en tu mochila. Necesito ayuda. – susurró y besó detrás de mi oreja antes de desplomarse.
Entre mis brazos solo quedaba una muñeca de trapo grandes ojos cafés y cabellos de lana roja trenzada.
Me dejó, ahí, solo. Respirando fuertemente contra el suelo desértico, anhelando esa calidez de nuevo.
Me levanté y me sacudí junto a la muñeca y la miré en la luz del amanecer. Estaba cocida con su cabello y sentía el patrón de símbolos en la tablilla dentro de la muñeca a través de mi palma. Para dejar esto conmigo, debía confiar en mí. Ella sabía lo que hacía y lo que yo puedo hacer; yo sabía lo que ella hacía y me encantaba.
Metí la muñeca en mi mochila y contemplé el poder que me concedía, luego miré el pedazo de papel que Camelia me había dejado. Una promesa encubierta, una condición peligrosa.
- ¿Vamos? – me llamó Muriel, acarreando mi carrito con mis compras.

La noche se cerraba encima de mí. Se cerraba como una cubierta, una cortina instalándose en el plano de la ciudad. Lamía mi cuello casi de la misma manera que lo había hecho Camelia, pero consumado por una multitud de voces, espíritus que susurran su despertar a estas horas.
Estaba parada enfrente del Teatro Dedalera. Ruinoso y apestaba a magia pútrida. No me sorprendía que este lugar fuera donde mi compañera estaba.
Suspiré y toqué el timbre, las puertas se abrieron para mí y entré, dejando atrás las manos intrusivas de los espíritus de la noche.
Ella me esperaba en medio del pasillo, una muñeca de trapo en su mano, que dejó caer cuando me vio. Me sonrió y la rigidez de mi postura se deshizo cuando me ofreció su mano. Era inconsciente, automático, inevitable. Me enrosqué entorno a ella el momento que la toqué, ella hizo lo mismo.
 - Necesito tu ayuda.  – me susurró en el oído, frotando su pierna entre las mías.
Me quería usar.
Lo sabía y no me importaba, disfrutaba la idea de ser manipulado por ella.
Me guio a las entrañas del edificio, procurando mantener contacto constante, trazando los patrones tatuados en mis manos y brazos con un toque provocativo. Su control, aunque efectivo no era total.
Me paró frente a una puerta y me besó. Había algo más en sus ojos, el miedo de que esto no estaba yendo de la manera que planeaba, pero su promesa implícita del día anterior seguía en pie. Estaríamos juntas después de esto. Después de hacer lo que ella necesitaba.
Camelia abrió la puerta y seis personas esperaban en la siguiente habitación. Se movían como uno y sus ojos estaban fijos en mí.
- Ellos son mis compañeros de teatro. – me dijo al oído, prendida de mi brazo, nuestras manos firmemente tomadas.
Luego se acercó más a mi oído, susurrándome con ese aliento cálido que hace que mis nervios palpiten a flor de piel.
- Tú puedes hacer cosas… distintas a lo que nosotros podemos… Necesito que… hagas una muñeca de mí.  – me dijo, mientras me empujaba a través de otra puerta.
Dentro me esperaba todo lo que necesito y lo que no, lo llevaba conmigo siempre. Me volví para enfrentarla. La tomé del cuello de su camisa, haciendo que nuestros labios se rozaran.
- Voy a ayudarte, Camelia. Pero necesito que hagas valer esto.  – le advertí, forzándola a tocar mis manos tatuadas, repasando el mensaje.
- Entonces fija mi forma a este mundo. – me respondió, dejando su silueta desvanecerse.
Me volví a los materiales dejados por mí, poniéndome a trabajar. Un maniquí será su base, su forma ya es familiar a mis dedos, su textura y sus marcas, sus curvas, el calor de su cuerpo.
Abrí la mochila y saqué el muñeco que me había dejado ayer. Los cabellos que mantenían la tela junta se desvanecían del mismo modo que ella lo había hecho.  El cuerpo de estas criaturas no dura más que un par de días. No tenía mucho tiempo para trabajar.

Ahí, en el rostro de un maniquí planté el beso que sellaba la permanencia del demonio de mi amante.

- Escrito 20-11-17, basado en un sueño

domingo, 7 de mayo de 2017

Ink nightmare

The story begins with a person waking up, all he knows is that he has a daughter. He's in a dark place somewhere he is quite sure he hasn't been in before. It's like a disfigured landscape, like shreds of memory onto hills made in faded ink. The whole picture is bleeding dark, almost black, green ink. It's sickening, the man is sick of this and he knows this. He wanders around until he starts recognising some of the things shredded in the ground. He starts recognising his life, his apartment, his daughter, his kitchen. He runs and chases for fragments of her in the pieces of memories and eventually gets into one.
And it's darker than before. He's in his apartment, he’s guessing that this is some important moment, but can’t quite place it, it’s… long ago. It’s a sad moment, one he’s not sure he wants to remember. He walks around, half trying to find his daughter, half trying to figure out who she is, or even, who he is. There is the living room, the picture is falling to the left, dissolving as someone spilled bleach all over it.
He knows that his is where it happened, whatever that was. He feels like something was said here. The walls were painted in angry strokes with dry, dense ink; those were yelling manifested in canvas, angry, disappointed ones.
She wanted more, he thinks without knowing what he’s referring to.
He moves a chair, ink staining his hand, it isn’t solid. He sits, his body melting into the chair. Then he sees it: a long shadow in the corner of his eye. He turns around. His heart beating as hard as it could without stopping. Of course there was nothing when he turned around, but he felt.
He felt something with that shadow, and it haunted him. He was exited, he was afraid. He wanted to run, but he wasn’t sure if away of it or towards it.
He needed to find his daughter, she was the only thing he knew, so he goes wander again. In one of the bedrooms, or what it resembles a bedroom, he finds another shred of memory: the tiniest of the locks, a baby’s lock, hair brown as his own. He follows the memory and he finds another landscape: a hospital, he knows this is where his baby was born, back when nothing wrong had happened at all; but he couldn’t remember what was that.
He finds his footprints in the hospital’s blank and clean tides, stains on the canvas of his memory, only growing darker as he approaches. He was the one that tainted that memory. As he followed his own steps of the past, the floor followed right below the sole of his shoes. 
And he sinks.
He falls into darkness.
He flies.
It is an airplane. This was the first moment he realized he had done something wrong. He now felt as it was wrong, at the moment he was happy. It was another happy memory tainted by his current self. He was the wrong.
Inside the plane, he was sitting beside his daughter. She was small and chubby, about three years, her hair long and framing her little face. But she had nothing for a face, nothing or a blur, or maybe it was something incompressible. He feels guilty because there is a person on his other side. And he wanted to hold that person’s hand. It was wrong.
This was supposed to be a family trip to fix things before she cancelled, so then it was only the both of them. It wasn’t supposed to meet Him there. They should never had meet again, even after near a decade, because it still hurt, it still was felt, even when he had his family.
He approaches the figure right next to the him on the plane, it was nothing more than a cluster of stains with the smell of algae of Japanese ink; even when the man couldn’t remember the face of that person, it still smelled like Him.
He gets closer. He wants to touch the figure but he’s afraid, afraid and guilty, but the temptation and the wanting on his fingertips is by far stronger. He cups the figure’s face and it faced him. It starts dripping ink. All goes black in a second. The figure became the shadow in his face and engulfed him whole.
The black in his vision went deeper in fear. The smell of algae intoxicated him as the knot of guilt closed his throat.
He regains his sight a moment later, still unable to breath. Now he’s at the beach. This a different trip, the feeling of time indicated it was more than two years ago. The memory, disfigured and deformed as the previous, makes him fell different. No guilt, no fear, not even the mixed want and despair he felt when the shadow came for him. He stares and his empty face as he remembers the feeling of nothing he felt in that moment, watching as his daughter, merely an infant, and her mom play on the wet sand.  In the memory, he stares at the woman and he feels nothing. They hadn’t talked in a week, she was busy and he was unemployed at the time, he took care of his daughter as good as he could. There were moments the woman needed more of him than he could give, his was one of those; she had asked too much, she had put his daughter in between and stopped the fight before it began.
He backs from his blank memory face and keeps receding. He knows what memory will follow this one, because he remembers what he thought at that time.
If the issue is the money, maybe his daughter would be better off without him.
The moment he pronounces the last word in his thought, the ink beach dies around him.
He is dying in this memory, and that’s not the worst of it.  This memory is in his own flesh, because he needed to experience this again; a part of him says that he deserves to suffer this again. The bathroom floor is black with dark red ink. His wrist are wide open while he laughs that his insurance was expensive enough to not to deny money in case of suicide.
As  little laugh comes out of his throat, he sees through the opening of the door the light pouring in. He left the light on. His daughter can’t sleep with the light on. She cries. He waits a minute or two. The woman hasn’t arrived, she always arrived at this time. This time she didn’t. He needs to go to his daughter. She’s only two, what the fuck was he thinking? Fuck the money. What was his daughter was going to do without him? The woman was never home. The woman was never for him neither.
It was painful. More now that he was doing this a second time. He would never know how, but he got up, wrapped his writs on towels and went to soothe his daughter.
Then he waited for the woman to come home.
She wanted the money, and he couldn’t give it.
Eventually they had to sell the car. Then the furniture.
Then, as he sat to wait for the woman, he feels like he was dying again. Not from the loss of blood but from the emptiness he felt.
So his current self realizes: he fears the emptiness, not the ink shadow.
He sees the blood soak the towels, he seeks warmth.
He finds it among ink, as everything before. Only lighter shadows let him recognize the scene watered in front of him. Warm hotel sheets, the smell of ink, long dark hair and broad shoulders. A smile he was glad to see again, dreams and a future he thought forgotten, alive again. But that was at night.
When the sun comes out, bleaching the ink of reality, all he feels is guilt. His daughter was sleeping in the next room, alone. He still wore the wedding ring while he lies in bed with another person, but  then the ring meant nothing more than malleable metal and harsh words. 
He walks into his daughter room. Her ink image sleeps, and the shadow looks over her. He doesn’t feel fear anymore, the guilt was still there but the shadow cares about her, that makes it better.
He could try, he thinks.
He wakes up.
There is long black hair brushing over his face, everything smells like ink, there is a real celling on top of him. Something moves beside him.
- Sorry I woke up – He says – I had to get those pages done for tomorrow.
The man is still somewhat disoriented, but he stares at His hands, ink stained.
- No, don’t worry. Better that you woke me.
- Having a nightmare? – He says, taking his hair out of the way, to lay at eye-level with the man.
- Yeah… - the man breathes. – Is she…?
- She’s five, don’t worry. You wake up at night more than her. C’mere. – He reassures, moving closer to the man.
He feels His arms wrapping around him. He’s still scared, but this is better. This is so much better.

07-09-2018

I feel bitter I feel like a dirty old rag that only bickers I should get that whiskey to feel as shitty as I deserve